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Cuando mi cuerpo habla por mí


“Pedro llevaba una temporada teniendo un fuerte dolor seco en el abdomen que aparecía y desaparecía. Con el tiempo, éste comenzó a ser más persistente y comenzó a tener otros síntomas como sensación de hinchazón y problemas en el tránsito intestinal. Se sentía bien, pero estos inoportunos síntomas empezaban a complicarle su vida y actividades cotidianas.

En un primer momento, cuando acudió a su médico, éste no le dio mucha importancia al ser un chico joven. Al revisar su historial médico y comprobar que su familia padecía de pólipos hereditarios saltaron las alarmas. Pedro fue citado para numerosas pruebas médicas y comenzó a preocuparse, buscando en Internet y preparado para lo peor.


Tras meses exámenes médicos su doctor le dio los resultados, el veredicto fue “intestino o colon irritable”. Al parecer, no habían encontrado ninguna anomalía en las pruebas que le realizaron y, sin muchas explicaciones sobre la enfermedad, le recetaron cuatro tipos de medicamentos. Pedro comenzó el tratamiento, pero no percibía mejoría, seguía teniendo fuertes dolores que aparecían y desaparecían. Tras darse cuenta de que buscar información en numerosas fuentes de Internet sólo le generaba más malestar, decidió acudir a un especialista.


Se quedó atónito cuando el profesional le preguntó por su vida personal. Pedro había salido de una relación tóxica de maltrato psicológico unos meses antes de que aparecieran los síntomas. Por alguna razón, su cerebro no había sido capaz de gestionar tanto dolor y había decidido tapar estos recuerdos para protegerse a sí mismo y poder seguir con su vida. A esta situación, se le sumaba que Pedro había comenzado una nueva formación y había empezado a trabajar en una nueva empresa; lo cual le generaba un estado de estrés constante”



La relación entre mente y cuerpo es más fuerte de lo que pensamos. Podemos verlo en numerosos ejemplos como cuando lloramos como respuesta fisiológica a la tristeza o a una gran alegría, el rubor que se produce en nuestros pómulos cuando los vasos sanguíneos se dilatan por vergüenza o la aceleración de nuestro ritmo cardíaco cuando sentimos miedo. Todos, de alguna manera, conocemos esta relación pues la utilizamos constantemente en nuestro lenguaje como cuando nos ocurre algo desagradable y decimos que tenemos “un nudo en el estómago” o cuando hemos tenido un día estresante y decimos que estamos “tensos”. Del mismo modo que las enfermedades físicas influyen en nuestro estado de ánimo y nos provocan temor, miedo o preocupación, muchos problemas psicológicos provocan síntomas físicos.


Todos los días nos enfrentamos a situaciones que alteran el equilibrio de nuestra vida.

Existen ocasiones en las que algo nos supera y no sabemos cómo hacerle frente; entonces, si el cuerpo no puede soportar una gran carga de estrés, ansiedad, angustia o miedo se agota y enferma. Cuando el cerebro está bajo estrés, produce un exceso de la hormona ACTH, la cual inhibe la fabricación de glóbulos blancos que son vitales para luchar contra las enfermedades. Es decir, si estamos estresados, baja nuestro sistema inmunológico y somos más susceptibles de enfermar no solo física sino también mentalmente. Si estos estados se mantienen a lo largo del tiempo y no logramos gestionarlos adecuadamente, su efecto acumulativo terminará reflejándose a través de síntomas físicos como desórdenes digestivos, presión arterial alta, dolores de cabeza o mareos entre otros.


Los síntomas físicos que se manifiestan de forma crónica o que aparecen y desaparecen de manera periódica sin que ningún tratamiento médico logre mejorarlos, o que al ser tratados farmacológicamente aparecen otros síntomas que los sustituyen, nos están indicando que existe algún problema o conflicto no resuelto de tipo emocional. Si indagamos un poco, es muy posible que descubramos estados emocionales que pueden estar contribuyendo a la enfermedad física, produciendo síntomas directamente o bien debilitando nuestras defensas de modo que seamos más fácilmente atacados por enfermedades.


Tendemos a pensar que las enfermedades psicológicas sólo causan tristeza, llanto y otros síntomas que no tienen que ver con el cuerpo, sin embargo, esta idea es errónea. Como Pedro, las personas que se encuentran en esta situación, frecuentemente, no creen tener un problema psicológico, y continúan acudiendo de médico en médico o buscando frenéticamente en Internet para encontrar una respuesta física. Sin embargo, cuando se indaga un poco en sus vidas, estas personas tienden a darse cuenta de que hay algo que les provoca malestar o ansiedad.


"Cuando el corazón no llora, lloran los órganos” Boris Cyrulnik.


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