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Lo malo conocido y lo bueno por conocer


Foto de Jilbert Ebrahimi


Si nos duele la espalda, vamos al fisioterapeuta. Si nos sale una caries o nos sangran las encías, vamos al dentista. Si empezamos a ver borroso, vamos al óptico o al oftalmólogo. Si tenemos erupciones en la piel, vamos al dermatólogo. Si tenemos un catarro, vamos al médico de familia. Entonces, ¿por qué cuando lo que está en riesgo es tu bienestar psicológico nos cuesta tanto ir al psicólogo? Casi siempre retrasamos ese momento porque solemos utilizar un abanico de estrategias de lo más variadas, en ocasiones ya conocidas (en ocasiones completamente nuevas), que nos han sido útiles en distintas situaciones para seguir adelante.


Los refranes, cuánta razón tienen ¿verdad? “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, es uno de los más populares y es ¡buenísimo! Seguramente nos lo decimos en momentos en los que se avecinan cambios (en el trabajo, decisiones de pareja, de colegio…) y que implican unas consecuencias inciertas en las que no sabemos si nos afectarán de manera positiva o negativa. Por lo general, los cambios producen inquietud, pero también ansiedad e incluso miedo. Este sentimiento de miedo es muy común, pues el cambio implica dirigirnos a un camino inexplorado y desconocido. La posibilidad de enfrentarnos a una situación nunca antes experimentada provoca en nosotros incertidumbre y la incertidumbre genera inseguridad.


Estaréis de acuerdo conmigo que no es nada sencillo sentirse así, por lo que nuestro refrán nos viene perfecto, así que “Virgencita que me quede como estoy” (otro refrán que viene genial para estas situaciones y para esta época del año), que preferimos volver corriendo a lo que ya sabemos de buena tinta, a pesar de que, aunque esto no nos esté haciendo bien.

El saber popular es muy rico, nos ha regalado otras joyas como: “el tiempo lo cura todo”, no nos engañemos, sabemos que muchas veces no es así. Pero la realidad es que dejamos que el tiempo vaya pasando, con la esperanza de que aquello doloroso se vaya atenuando hasta que desaparezca. En ocasiones ocurre que, el paso de los días, las semanas, los meses o incluso los años pueden atenuar ese daño y nos permitimos mirar aquella situación tan mala desde otra perspectiva.


No obstante, a veces, el tiempo actúa de manera paradójica (como en la Física) haciendo que el problema o el suceso traumático, de alguna manera se “enquiste” y provoque malestar psíquico hasta límites insoportables. Las alarmas se disparan y nos decimos o nos dicen “has de ir al médico y que te

mande algo, no es normal esto” o en el polo opuesto “mejor no voy al médico, porque me va a mandar pastillas”. En cualquier caso, estemos en una opción u otra, los problemas quedarán enterrados en lo más profundo de nuestro cajón de cosas que no queremos ver.



Foto de Laura Fuhrman


A veces, nos decimos expresiones parecidas a “No necesito ir a un psicólogo para solucionar lo que me pasa, soy autosuficiente. Soy fuerte”. ​Y es que en la sociedad en la que vivimos, aún existe la creencia de que pedir ayuda es un signo de debilidad, de que, si no eres capaz de resolver los problemas por tu cuenta y riesgo, quizás no eres una persona válida o fuerte o incluso que no estás bien de la cabeza. Lo cierto, es que existe una gran desinformación sobre la salud psicológica, creencias falsas y estigmas arrastrados desde hace mucho tiempo; pero por suerte, esto está cambiando, poco a poco.


No nos engañemos, nos decidimos a ir a terapia cuando nos sentimos desbordados, cuando el dolor es tan grande que no podemos más. Otras veces vamos cuando sabemos que podremos aguantar y digerir todo lo que inevitablemente vomitaremos en terapia, puesto que antes no estábamos preparados para ello. En cualquier caso, pedir ayuda requiere valentía, aceptar, admitir que se tiene un problema y que no podemos manejarlo solos. A veces implica vergüenza y atrevimiento. Atrevimiento a conocerse a uno mismo, a mostrar nuestro dolor y nuestras heridas dejando que nos ayuden a sanarlas.


Los psicólogos tratamos con personas que están pasando por dificultades en algún momento de sus vidas. La terapia es un camino hacia un conocimiento profundo de uno mismo. Es un camino para dejar de vivir la vida en el modo automático, y empezarla a vivir con curiosidad hacia lo que somos, hacemos, sentimos, pensamos y deseamos dirigida a resolver las dificultades y problemas psicológicos y emocionales que no nos están permitiendo disfrutar de nuestra vida.


La terapia es una inversión a largo plazo, los beneficios durarán para el resto de tu vida.


Foto de Clément Falize

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