PRIMERA SESIÓN DE TERAPIA
- RG Psicólogos

- hace 7 días
- 4 Min. de lectura
"Lo que muchas personas sienten antes de su primera vez en terapia..."

Después de ensayar la frase que iba a decir mil veces, la llamada empezó a dar tono. “Hola, llamaba para coger cita para… bueno, creo que necesito hablar con alguien”. No salió como ensayaba, pero, lejos del juicio que me tensaba, una voz cálida me agendó cita para esa misma semana. Había dado el paso que tanto había pospuesto, no porque no lo necesitase. Mi amiga estaba peor que yo y hay personas que tienen traumas de verdad, peores que los míos, y no tienen que ir al psicólogo.
Pero ahora veo que la salud mental no es una competición de sufrimiento.
Durante los días anteriores a mi primera sesión estuve pensando qué contar, si me juzgarían. “Qué tontería, si es su trabajo”, pero, aun así, estaba tensa. Ya no solo era el vacío que sentía, ese nudo en el estómago que no me permitía dormir; ahora mi psicólogo tenía nombre y apellidos, sabía los míos y tenía agendada una cita para este jueves a las cinco.
Y ahora estaba allí, pensando en la sala de espera mientras entraban y salían otros pacientes con diferentes historias, totalmente válidas todas. “¿Por qué no la mía?” El corazón me iba a mil, me quedaba mirando el pomo de la puerta y tenía ganas de salir corriendo, ganas que se mezclaban con una necesidad urgente de que alguien, por fin, me escuchase sin juzgarme. Intenté calmarme como sabía, me concentré en relajarme y, justo cuando estaba más calmada… “Hola, ¿eres…? Buenas tardes, yo soy… ¿Quieres un vaso de agua? Pues pasa cuando quieras”.
“Me calma un poco esa calidez. No me esperaba así a mi psicólogo. Seguro que él piensa lo mismo de mí, aunque no me importa que sea diferente de lo que me esperaba. ¿Le importará a él?”
Pensamientos comprimidos en un recorrido por el pasillo de la clínica de cinco metros, que parecían recorrer kilómetros, pero ya estaba allí, dentro. Tenía la boca seca, me sudaban las manos, me temblaba la voz, el corazón me iba a mil.
“La salud mental no es una competición de sufrimiento.”
Cuando por fin empiezas a hablar...
Una vez dentro, el ritual de los primeros minutos y el vaso de agua me devolvió a la tierra. Hablamos de firmas, de consentimientos informados, de cómo funcionaban las sesiones… tecnicismos que, aunque necesarios, me servían de escudo para no soltar lo que realmente me quemaba por dentro.
Pero entonces, el psicólogo dejó el papel a un lado, se inclinó un poco hacia adelante y, con una mirada que no buscaba juzgar, sino sostener, hizo la pregunta: “¿Por qué has venido?”. Volví a tensarme, pero la misma calidez que me calmó al principio hizo caer todas las barreras que había construido durante años para parecer más fuerte.
No fue como en las películas, no hubo un discurso estructurado. Fue más bien como romper una presa. Empecé a hablar y, por primera vez, las palabras no se sentían como piedras cargadas a la espalda, sino como algo que por fin encontraba su lugar. Lo que más miedo me daba se convirtió en el acto más liberador de la semana.
Él no dio una receta mágica ni me dijo que todo iría bien de forma vacía. Usó el silencio cuando yo lo necesitaba, asintió y se acercó cuando más me quebraba, y validó cada una de mis emociones. Me sentí, sencillamente, vista.
“Lo que más miedo me daba se convirtió en el acto más liberador de la semana.”

Salir no siempre significa irse igual que se entró
Al terminar la sesión y recoger mis cosas, la pesadez en el pecho había mutado. Ya no era ese nudo ciego. Ahora era una fatiga extraña, más amable. Al salir de nuevo al pasillo, esos cinco metros ya no me parecieron kilómetros. Los recorrí con paso firme, respirando un aire que se sentía un poco más ligero.
“Hasta la semana que viene”. Cerré la puerta de la clínica y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ganas de salir corriendo. Tenía ganas de volver.
A veces, pensamos que ir a terapia es rendirse, pero la realidad es que es el acto de valentía más grande que podemos hacer por nosotros mismos. No se trata de estar “roto”, se trata de querer entender cómo encajan tus piezas.
Si estás leyendo esto y sientes que ese pasillo de cinco metros se te hace eterno, recuerda que no tienes que recorrerlo solo. El nudo en el estómago no desaparece por arte de magia, pero empieza a aflojarse en el momento en que decides que tu bienestar es una prioridad.

Escrito por Alberto Morón.
Diseño y edición: Alejandro García.
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